Mis publicaciones

Titulo de la entrada Titulo de la entrada Titulo de la entrada Titulo de la entrada Titulo de la entrada Titulo de la entrada Titulo de la entrada

viernes, 14 de febrero de 2014

Finalista en Concurso de San Valentín y Relato "Tú, yo y dos cartones"

Es curioso cómo en un mismo día pueden pasarte cosas buenas y malas.
Esta mañana me he enterado de que el Premio de Novela de Libros de Seda (en el que yo participaba) se declaraba desierto. Ha sido como un pequeño aunque muy real jarro de agua fría, porque en enero me pasó algo parecido y, aunque no quieras, termina afectándote.
Pero bueno, ahora que ya quedan pocas horas para que termine el día, voy y me entero que he quedado finalista en el Concurso de relatos de San Valentín del blog Ecos de la distancia, ese que ocupaba mi última entrada.
El premio era una súper fofucha personalizada (de esas tan molonas que mi amiga Mirsa se curra tanto), pero es que los finalistas nos llevamos un marcapáginas personalizado. Ueeeeee!!!!!!
No puedo decir otra cosa que no sea... ¡GRACIAS! Por contar conmigo, por valorar lo que escribo y por esta inyección de buen rollo que tanta falta me hacía.
Estefanía (la autora del blog, también conocida como Mirsa) irá colgando los relatos que han participado. Hoy, como es lógico, ha empezado con el ganador. Os recomiendo pasaros y echar un ojillo :)
Mirsa, my darling... espero mi marcapáginas con ilusión!
Ahí va mi relato, cuyo título es obra de alguien muy especial:

TÚ, YO, Y DOS CARTONES.
La habitación está en silencio. Observa los posters del Gran Cañón que le trajo hace semanas y que ahora decoran toda la pared de la ventana, y sonríe. No es como estar allí de verdad, pero al menos disimulan el aura fría típica de los hospitales. Cuando se pone nervioso, ella le recuerda que los mire y piense solo en el día en el que por fin estén allí, juntos.
Está durmiendo, y eso es tan raro en él que prefiere pasar de puntillas y sentarse a su lado sin hacer ruido. Su pecho sube y baja de forma pausada, sus párpados envuelven esos ojos castaños que ella adora. Le acaricia el pelo oscuro con dulzura y recuerda que necesita cortárselo. Cree percibir una ligera sonrisa en sus labios; debe de estar soñando algo bueno.
Le encanta verlo así, tan relajado. Odia cuando su rostro se contrae de dolor cada día sin que ella pueda hacer nada.
Lo ha echado de menos.
Se acomoda en el sillón y le coge la mano. Está fría, como siempre.
—Ha pasado una mala noche —dice la enfermera al asomarse por la puerta.
Alba frunce el ceño y suspira.
—No debí haberme ido —responde, torturada por la culpa. María sonríe.
—Llevas tres meses durmiendo aquí, Alba. Necesitabas una noche para recargar pilas. Además, ya conoces a Álvaro; casi nos obligó a echarte.
La chica sonríe con tristeza y asiente, aunque sigue arrepentida. Vuelve la cabeza hacia él y descubre que está despertando.
—¡Eh! Hola, dormilón. —Se levanta y le da un beso en los labios.
—Mira quién habla. —Se frota los ojos y bosteza—. ¿Has descansado?
—Como un bebé —miente ella. No piensa confesar que se ha pasado la noche entera llorando.
—Estás más guapa que nunca —le dice él antes de cerrar los ojos y sonreír mientras aspira—. Y además hueles a lavanda. ¿Lo has hecho por mí?
—Pues claro —Le guiña un ojo—. Hoy es San Valentín, ¿recuerdas?
La sonrisa de Álvaro va desapareciendo mientras baja la vista.
—Ojalá pudiera llevarte a cenar —se lamenta. Alba se sube a la cama y se tumba junto a él. Hunde la nariz en el hueco de su cuello.
—Estar contigo es todo lo que quería para este día, así que gracias.
Se quedan un rato así, en silencio, observando las imágenes de la pared.
—Cuando vivamos juntos, todo será diferente —dice él. Ella se ríe por lo bajo y chasquea la lengua.
—¿Otra vez con eso? No tenemos dinero. Además, ya vivimos juntos. ¿O acaso no duermo contigo cada noche? —añade con picardía.
—Hablo en serio —repone Álvaro mirándola fijamente, casi como si la desafiara—. Voy a vivir contigo.
Sus ojos brillan con determinación y pasión, pero Alba sabe que ese deseo jamás llegará a cumplirse. Traga saliva; tiene un nudo en la garganta.
—¿Y se puede saber dónde? —pregunta, prefiriendo seguir con la ilusión—. ¿Bajo un puente y entre cartones?
—Pero serán nuestros cartones —insiste él. Los dos se echan a reír.
Alba no quiere pensar en eso. No quiere pensar en que esa habitación será la última que compartan, porque entonces volverá a derrumbarse.
—¿Sabes? Tienes razón. Las paredes están sobrevaloradas —añade, haciendo un mohín con la mano.
—Entonces… ¿tú, yo, y dos cartones? —le pregunta Álvaro entusiasmado.
Alba se acerca tanto que las puntas de sus narices se tocan.
—Tú, yo, y dos cartones —susurra.
Álvaro sonríe agradecido y de repente da un respingo.
—¡Tengo algo para ti!  —exclama.
—¿Para mí? —pregunta ella, extrañada, mientras se aparta un poco.
—No creerías que me olvidaría de tu regalo, ¿no?
—¿Regalo…? —Se pasa un mechón de cabello por detrás de la oreja. No sabe por qué, pero se ha puesto nerviosa. Ansiosa incluso.
—Cierra los ojos —le pide él, dirigiendo la mano hacia el cajón. Alba obedece sin rechistar y comienza a tocarse los dedos.
—¿Preparada? ¡Ábrelos!
Delante de ella hay un ramo de rosas de papel hechas a mano.
—Álvaro… es precioso. —Lo coge despacio para no deshacerlo mientras intenta controlar sus emociones. La barbilla está a punto de temblarle.
—Sé que no son rosas de verdad, pero…
—Te quiero —le dice ella, interrumpiéndolo con un beso.
Él le responde con ganas y le vuelve a hacer sitio en la cama.
—Pero yo te quiero más.